La majestuosidad de su muerte

Dedicado a los que se fueron...

Antes de dormir pienso en ella. Me obsesionan sus manos, la piel tan fina y frágil como las alas de mariposa, el mapa de sus venas que mostraba el paso de la edad, el cuidado de unas uñas pintadas con suma elegancia por una hija que no dejaba de verla ni en las peores tempestades de la vida... Las recuerdo una y otra vez, intentando sentir en mis manos el frío que transmitían, pero el abrazo tan cálido que embargaba cada uno de los rincones de mi cuerpo. Después de recorrerlas mil y una veces, memorizo su mirada cuando me decía todo lo que me quería, sus arrugas llenas de amor y de historias, el color de sus ojos como el cielo que avecina la mayor de las tormentas... 

Desde el aquel día convivo con el miedo de que por un suspiro se aleje de mi y ya no pueda volver a verla en mi mente con la misma intensidad y realidad. Pero en el fondo de mi alma lo sé, no puedo traerla de vuelta... Ella no va a volver...

Y desde entonces en mi cuerpo se agolpan cuatro sentimientos... impotencia, tristeza, castigo y amor.

Todo comenzó el día 13 de marzo, el día que ya no pudimos volver a ver su menuda figura en aquella silla de ruedas en la sala de su residencia, donde, como de costumbre, se batían batallas milenarias de juegos de cartas. Guerras en las que todo el mundo participaba, con el papel importante de hacerla creer que, por azares del destino, ella era la figura de la reina del ajedrez que siempre conseguiría dar jaque mate a su adversario. Pero aquel día, lo que ella ni nadie sabíamos, es que nuestra guerrera comenzaba su batalla más dura. Como si de un presentimiento se tratara, aquel día en mi interior se generó un agujero negro tan grande, como la incertidumbre más oscura, y el vacío más insalvable que la gente pueda llegar a entender.

Los días pasaban, las noticias se reducían, y la distancia de las dos calles que nos separaban, cada día se hacía más y más grande. Nadie sabe la cantidad de veces que me quería olvidar de todo lo que me rodeaba, saltarme las reglas, correr por la calle, llegar hasta ella y dormir a su lado para que no se sintiera sola. Pero no, seguíamos muriendo de impotencia, destinando nuestros esfuerzos en llamadas que se quedaban en la política impuesta, intentando que nuestros amigos nos filtraran información, que sus cuidadoras la mimaran más de lo que la directiva del centro permitía, venciendo el miedo a un virus del que no se sabía nada, orando para que no se sintiera sola...

Las noticias desde la residencia pasaron a ser una crónica de contagios o muertes diarias sin concretar, como el diario de una muerte anunciada de alguien que no tiene nombre ni familia, donde se despersonalizaba a los seres humanos como meros números de una sociedad cada vez menos emocional y más llevada por políticas sin sentido ni sentimientos. Cada llamada, cada noticia, era como una puñalada en el corazón, los nervios del que sabe que le van a dar una mala noticia, y el abrazo gélido del que se espera lo peor.

Y entonces llego la llamada, la fiebre, la duda, la inconcreción, el final ya escrito sin fecha, y la pena por el último abrazo no dado. La tristeza inundaba las habitaciones de una casa más llena que nunca pero con el silencio más amargo nunca escrito. Las horas pasaban tan extremadamente largas, las noticias tan sumamente escasas... que cada risa emitida era como una puñalada en el corazón, como si se traicionara la lucha de alguien que todavía tenía vida que vivir, nietos que conocer y sueños que cumplir.

Y sin embargo, y a pesar de las plegarias y los esfuerzos mentales, al final de aquella épica batalla estaba por llegar... Aquel 2 de abril nos confirmaron que el COVID había entrado en su cuerpo, y que dado su estado físico donde ya no comía ni los flanes que en secreto pedía mi madre que le dieran a escondidas, que ya no hablaba ni para decirles a las enfermeras lo bonitas que eran, y que sus respiraciones cada vez se reducían más hasta parecer el suspiro de la criatura más mágica y débil, se la llevaban a un complejo asistencial para cuidarla mejor. Pero nuestra esperanza duro unas horas escasas hasta que su doctora llamó para decir que ya nada se podía hacer, solo medicarla para que sus últimas horas fueran lo más dulces posibles, mientras ella se quedaba a su lado para que su último suspiro no fuera en una solitaria cama de hospital. Así que aquella médica se convirtió en su ángel, y como tal, hizo que la soledad de la habitación de aquel hospital se redujera a dos almas donde una esperaba a que otras se elevara al cielo, con la dignidad de la más poderosa de las reinas.

Aquella madrugada del 3 de abril soñé con ella, en mis sueños ella me daba su peine y me decía: hoy quiero que me peines tu. Recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo, cómo con toda la delicadeza del mundo, como quien tuviera el ser más débil en sus manos, mis dedos acariciaban su cabeza y su escasa cabellera, con el orgullo de haber sido elegida para acometer semejante labor. Como si todo el amor del universo se concentrara en aquel peine y en los cabellos que lo atravesaban.

Desde entonces me castigo mentalmente una y otra vez por no haberla visto más, por no haberla dado los millones de besos que desde su silla de ruedas me daba ella a mí, cuando yo agachaba mi cuerpo para rodearla con mis finos brazos... Me lamento por no haberla dicho más veces que era la mejor abuela del mundo, que su sonrisa inundaba cada rincón de la habitación, y que sus besos me hacían sentir la nieta más afortunada del mundo. Y aún así, me consuelo cada noche soñando que aprieto su mano mirando los anillos que solo una reina llevaría con tanto esmero, mientras sus ojos me miraban con un orgullo digno solo de las personas que practican el amor más puro. Y es entonces cuando me vence el sueño y durante unos minutos eternos siento que ella esta a mi lado dándome todo su cariño y que no me va a abandonar jamás.

Desde aquí y a mi ángel solo le puedo decir... Te sigo queriendo.

El invierno más frío

Como vaticinando la más absoluta de las desgracias, el invierno azotó al mundo con su soplido más frío. Y fue dicho viento glacial el que se filtro por cada uno de sus huesos, recorriendo cada uno de sus rincones para no separarse de él nunca más, para ayudarle... 

Su vida se había vuelto monótona, sin sentido y llena de desesperación, las semanas pasaban como si cada día fuera la misma película dramática con una misma introducción y un idéntico fatal desenlace. Podía ser verano en la calle, podía brillar el más hermoso sol en el más alto del cielo, pero de nada valía lo que pasase alrededor si dentro su corazón se encontraba el más duro invierno… Una vida de pérdidas le había llevado a la más profunda amargura y ese estado le había llevado a una profunda soledad. Su vida era un sinsentido desde que lo pierdo todo, desde que la perdió a ella… 

Recordaba aquel día con tanta nitidez que a veces el solo intento de olvidarlo le hería la mente hasta dejarlo sin aliento… Se lo intentaban explicar pero él no quería oírles, había una posibilidad entre un millón de que la operación saliera bien, y aún así, el coste era muy elevado. Pero… ¡Que sabrían ellos de la vida! Él no hubiera podido soportar ver como el último rayo de esperanza se escapaba como una estrella fugaz sin vida después de miles de años de viaje. Su hija lo era todo para él y si se la arrebataban no le quedaría nada para querer vivir. Así que decidió venderlo todo, vendería su alma al mejor postor si hiciera falta con tal de verla sonreír una y otra vez. Lo era todo para él y si ellos no lo entendían… ¡Al diablo! ¡Ellos tenían una familia sana en la que refugiarse! ¿Cómo conseguiría vivir sabiendo que dejo escapar su última esperanza? 

Como siempre que lo recordaba, necesitaba abrir los ojos y respirar lo suficiente, para amortiguar el dolor que se acrecentaba por instantes creando un nudo en su garganta que no le dejaba respirar. Los siguientes recuerdos siempre eran en forma de imágenes que invadían su mente cada día, eran como gotas de lluvia en la ventana, agolpándose de tal manera en su mente que no le permitían ver más allá del cristal de la vida. La falta de ganas de vivir, la despedida, el último adiós, su primera noche sin hogar… 

Hacía ya tiempo que vivía en la calle, sin dejar de ser un hombre de costumbres, se sentaba en el mismo rincón de la plaza principal de su ciudad, como si aquel sitio fuera el único que le entendía. Cada día se levantaba en un suelo frío rodeado de cartones y unas pocas mantas donde refugiarse en las duras noches de invierno. A veces durante la noche dejaba de sentir su cuerpo y se dejaba llevar por los sueños, esos en los que él volvía atrás en el tiempo y podía sentir el abrazo de su pequeña cuando llegaba de trabajar. En aquellos instantes vacíos de su vida, se sentía lleno, pero al despertar cegado por el amanecer que le acompañaba cada día, miraba a su alrededor y volvía a la realidad. 

Y entre suspiros, lágrimas acumuladas en el olvido y miles de gotas de impotencia pasaban los minutos para él. Muchos ratos de silencio recordaba la teoría de los 7 sucesos traumáticos que había leído en algún lugar en la época en la que era un hombre lleno de esperanza y amor: las personas sin hogar viven una media de 7 u 8 sucesos traumáticos encadenados en poco tiempo y la falta de apoyo por parte de familiares y amigos, añadida a la insuficiencia de recursos sociales les llevan a esa situación. ¡Era tan fácil hacer estadísticas! Que le dijeran a su pobre corazón hundido en el hielo cuantos sucesos hacían falta para morirse aunque siguiera latiendo. 

Para él solo había un único suceso traumático, la muerte, y eso había hecho que todas las estaciones se fusionaran en una, en la estación más fría inimaginable, imposible de superar con miles de mantas y buenos deseos. Una estación donde los copos de nieve caían sin cesar para despertarle de su utopía, donde el viento le azotaba en la cara para demostrarle que él no era nadie en la vida, donde la lluvia le recordaba que no tenía unos brazos donde refugiarse y donde las nubes le gritaban que nunca volvería a ver la luz del sol. 

Él no quería dar pena a la gente, él solo quería que el tiempo pasara lo más rápido posible para volver a encontrarse con ella en uno de esos mundos que nadie se puede imaginar. Él no quería dinero a cambio de compasión, él solo quería que el invierno mostrará su cara más salvaje y le dejara morir...

Tenía cincuenta y seis años, cuando fruto del frío mortal de aquella mañana de invierno, o quizás de los copos de amargura que se helaban en su corazón, tras una vida de terribles consecuencias, su cuerpo cedió al peor de los destinos…


Dicen que el invierno es la época más fría del año, que comienza en el solsticio del mismo nombre y termina en el equinoccio de primavera. Pero para algunas personas, el invierno es ese estado de insensibilidad, en el que la vida duele y no puedes hacer otra cosa distinta de sufrir hasta que todo termina y encuentras una vida mejor.

Carta a un mar de sueños

Querido abuelo:

Te escribo sin el convencimiento de que algún día llegues a leer estas líneas, sin embargo la pequeña esperanza de que tus ojos marrones vuelvan a recuperar la alegría que se perdió en aquel último abrazo, me hace tan fuerte como el protagonista de los cuentos que me leías antes de dormir.

Aún me acuerdo de aquel 15 de diciembre cuando papá y mamá me explicaron su decisión de huir de la hecatombe, la sangre y el miedo, pero créeme abuelo, el miedo tiene formas tan diferentes que nunca hemos logrado escapar de él. 

A partir de nuestra despedida, navegamos y caminamos muchos días junto con otra gente en nuestra situación. Pasamos frío, estábamos mucho tiempo mojados bajo la tempestad, y no teníamos ropa limpia o recursos suficientes para sobrevivir, pero aun así lo hicimos. Y cuando las peores situaciones mejoraban, llegaban las desgarradoras noticias de nuestros compatriotas, y entonces la muerte y la desolación invadía el ambiente, y durante muchos minutos el silencio se expandía tanto que a veces lo único que quedaba era el contacto humano. ¡Te lo juro!, el sólo sentir las manos heladas de mis padres, o su media sonrisa cuando todo iba mal, me hacia recordar que estaba vivo, que les tenía, y que eso era suficiente para sentirme afortunado.

Tras muchos días de adversidades por fin llegamos al campo de refugiados. Cuando papá me explico donde estábamos, una alegría invadió mi cuerpo, eran como miles de hormiguitas haciéndome cosquillas en la barriga. Y durante ese día la gente lloraba menos y hablaba más. Pero al día siguiente volvieron las malas noticias, parece ser que aquí no nos quieren abuelo, los países de nuestro alrededor no nos dejan pasar a sus tierras porque somos demasiados. Para la gente que nos vigila, para los medios de comunicación y casi hasta para mi, ya no soy un niño, ni tu súper-héroe, ni siquiera tengo nombre, ahora solo soy un refugiado, una persona sin destino que ha huido de su origen para alcanzar un futuro en tierra de nadie. Ellos no lo entienden, no venimos a robarles sus oportunidades, ni a quitarles su dinero, nuestro anhelo es sobrevivir, tú lo sabes bien. ¿Recuerdas lo que me dijiste? El ser humano tiene cosas maravillosas pero el egoísmo no deja que podamos verlas. Pues yo solo espero que como en los cuentos de reyes malos y caballeros valientes, todo esto tenga su final feliz.

Todos los días recuerdo tus palabras cuando te dije que no era lo suficientemente valiente para embarcarme en este desafío... ¡Paparruchas! Lo único capaz de impedir que superes tus miedos eres tu mismo. Desde entonces y hasta ahora he querido ser el héroe de tu vida, para que te sientas orgulloso de mi, pero la tristeza de no poder volver a verte no abandona mi corazón.

Dice mamá que tú estas bien, que no has podido venir todavía porque tienes que cuidar de la casa, para el día que volvamos. Sin embargo, yo no me lo termino de creer, porque muchas noches me hago el dormido y les oigo hablar del futuro y parece que en él no hay cabida para nuestra pequeña y destruida ciudad. Es entonces, cuando lloro en silencio, por lo que un día fuimos, por lo que podríamos haber sido y por lo que nunca seremos. Me quejaba de tantas bobadas cuando te tenía a mi lado, que ahora que lo recuerdo me da pena el tiempo malgastado en gigantes inventados.

A día de hoy, ya no recuerdo los sueños que quedaban por cumplir, ni las promesas que nos habíamos prometido, solo me queda la esperanza y la espera de que algún día todo esto acabe y pueda volver a tener un rincón donde vivir, un futuro y un abrazo... parece mentira, pero si algún día lograra volver a estar bajo tu abrazo protector, sin miedos, todo esto tendrá sentido.

Tu nieto que te quiere estés donde estés, y pase el tiempo que pase.


Iniciativa: Seamos seguidores


Como muchos sabréis, Google ha actualizado su política de manera que en las próximas semanas se estarán produciendo cambios que obligarán a los lectores a tener un cuenta de Google para acceder a Google Friend Connect y así poder seguir los blogs. Como resultado, se eliminarán cuentas y por tanto, esto conllevará a la pérdida de soñadores en el blog. 

La solución propuesta ante este cambio es animar a los lectores a usar una cuenta de Google y volver a seguir el blog. Pero esta solución no es suficiente, ya que como siempre he defendido, la libertad es lo primero que dan los sueños.

Tras una búsqueda de soluciones a este problema, no he conseguido descubrir alternativas para que aquellos que disfrutan gastando los minutos entre estas líneas no tengan que verse obligados a tener una cuenta de Google. Sin embargo navegando en la marea de pensamientos de muchos escritores, he llegado a una iniciativa que me ha parecido muy interesante en estos momentos en los que se nos está poniendo tan difícil conectar con el mundo. Su nombre es: Seamos seguidores, y se basa en que los que compartimos este espacio podamos seguirnos mutuamente, para lo cual lo que teneis que hacer es facilitar en un comentario de esta entrada vuestro blog y así de esta manera ambos podremos conectar nuestros sueños.

Quiero subrayar que esta alternativa no es una mera forma de captar seguidores, sino de conocer soñadores y leer sus pensamientos e inquietudes, no es una forma fría de aumentar un número sino una forma interesante de conocer nuevos mundos, en particular de aquellos que quieren salir de su pequeño rincón y darse a conocer. 



No me quiero ir sin recordar... 

El mundo tendrá prisa, pero esperaremos a que sea perfecto.

El tejado de los suspiros

Enamorada… Enamorada aún diez años después de ver sus ojos por última vez, recuerda con ternura la primera vez que conoció al amor de su vida. Recuerda con amor el instante en el que aquellos ojos azules despistados en medio de una clase de gente desconocida se volvieron un enigma para aquella chica morena y flacucha, que nunca se imaginó amar tanto a alguien. 

Pronto comenzaron las tardes en el parque tumbados en el césped, pasando las horas queriendo que el tiempo se parara, las noches en el puerto mirando las estrellas en silencio, pero rozándose el alma con las manos. 

Aún diez años después de que él hubiera desaparecido de su vida recordaba el primer beso, y la primera vez que le hizo el amor, recordaba como las manos rozaban todo su cuerpo ansiando recorrer cada centímetro de la piel bajo su tacto, como si aquel instante fuera la primera y última vez que iban a disfrutarse. Recuerda la ternura cuando ella enseñó un cuerpo que nunca había visto el mundo, y el miedo de ambos a no ser correspondidos, pero recuerda con más amor, como desnudaron su alma aquella noche consiguiendo que ella lograra tocar el cielo desde un lugar tan mundano. 

Habían madurado el uno al lado del otro, habían conocido el mundo dados de la mano, pero la felicidad no es eterna y dura lo mismo que un suspiro. Así que cuando tomaron la decisión de dejar de ocultar al mundo su felicidad, la vida les puso un obstáculo tan grande que hizo que el mundo que habían conocido se pusiera patas arriba. Qué hacer cuando ante tus sentimientos se interponen los de unos padres que tienen muy claro tu destino.

Para ellos, él era un chico en silla de ruedas y nunca lograrían ver a ese chico lleno de carisma, personalidad y positividad que lo caracterizaba. Para unos padres tiranos como los suyos, lo único que podían ver, era un chico discapacitado que nunca le iba dar lo que ella se merecía en la vida. Qué sabrían ellos del amor si hace años que dejaron de sentir la pasión del roce de unos dedos que reclaman cariño.

Aún así los meses sucesivos cada vez fueron un tormento mayor. Los castigos sin motivo cada vez se volvieron más recurrentes, así como los gritos que rompían la armonía de la casa por la desobediencia de una hija que no podía dejar de ver a aquel joven que le iba a destruir los sueños, incluso aparecieron momentos de gran agresividad, en el que poco faltó para romper el espacio entre los cuerpos. 

Ante tal situación al final decidió dejarle marchar, perder lo que le hacía feliz en la vida, dejar de lado sus propios deseos. Y fue a partir de entonces cuando aquella chica comenzó a aislarse del mundo, y a odiar la convivencia con aquellos seres que le habían robado todo, es por ello que pasaba más tiempo en la soledad de su tejado que en el bullicio de su propia casa. 

Así pues dado que aquella noche no sería distinta de las demás, allí estaba, sentada en el tejado haciendo un repaso del día mientras miraba el manto de estrellas que cubrían su cabeza y que le secaban las lágrimas con ternura. Se encontraba en el momento más íntimo del día, el momento en que desahogaba sus penas y recargaba sus fuerzas para el día siguiente, el momento en el que echaba la vista atrás, y recordaba en secreto la promesa que diez años atrás se habían hecho. 
Cuantas veces suspiró al cielo esperando que el viento calentara sus fríos y solitarios labios... Cuantas veces soñó despierta con el día en que se volvieran a encontrar... 

Interrumpiendo sus pensamientos, de repente lo vio, vio aquella siluetaba que cruzaba la calle sobre aquel instrumento con cuatro ruedas. Y sin pensar en cómo él reaccionaría al verla, ni si él había cambiado, ni si ella seguía siendo su único amor, corrió hacia él. Corrió sintiendo que no había pasado el tiempo por ellos, como si toda la espera solo hubiera sido una mala pesadilla. 
Cuando se encontró delante de él, mirando el cielo reflejado en aquellos ojos, ella solo pudo decir una cosa: "Nunca he podido olvidarte". Y como si el tiempo se hubiera parado en una de esas tardes en las que no hacía falta nada más que su presencia para sentir la felicidad, él le deleitó con esa mirada en la que su mundo volvía a tener sentido.



No te dejaré caer

Era por la noche y todo estaba en silencio en la sala de espera, habían pasado ya seis horas desde que entraron en aquel hospital, los minutos pasaban cada vez más lentos ante la angustia y la inquietud de quién no sabe nada. En algunos instantes los momentos de desesperación ante el silencio de los doctores, se mezclaban con la agonía e impotencia de quien teme el peor desenlace. El silencio sin decir nada lo decía todo. 

Quizás fuera la pequeña esperanza de que ella apareciera en aquella sala, por la que no derramaba ni una sola lágrima, pero de cualquier manera el nudo en su garganta se iba haciendo cada vez más doloroso, y las lágrimas de sus ojos seguían en el insistente esfuerzo de trepar por la pestañas. ¡Qué importaba el mundo si no estaba para compartirlo con ella!

Tras horas de imparables latidos en el pecho que azotaban su paciencia de manera violenta, apareció el doctor. En el estado de alteración en el que se encontraba aunque se esforzaba por entender todas y cada una de las palabras que aquellos labios en movimiento pronunciaban, su mirada no dejaba de ver unos recuerdos capaces de ocupar toda la habitación. De cualquier manera llegó a comprender en las palabras del doctor que su madre era mayor, que tenía un corazón muy fuerte, pero que el resultado era impredecible. 

No fue hasta que abrió la puerta de la habitación, cuando todas las imágenes cayeron en el abismo del olvido y empezó a comprender las palabras del doctor. La persona que tenía delante era frágil como el cristal de la joya más valiosa, sus manos temblaban sin freno y su mirada mucho dejaba que desear en comparación con la de tiempos “mejores”.

Pero todo cambió a partir de aquel instante los días llegaban con cuenta gotas. Con cada amanecer las ganas de verla recuperarse invadían todo su cuerpo recargando de energía todo su optimismo. Pero como ocurre en el cielo, la luz aparece al empezar el día hasta que desaparece por completo al llegar la noche. Desde que ella estaba en aquel hospital acababa los días derrumbado tras ver como la mirada de aquella anciana no dejaba de mirar a la ventana, sin articular palabra y sin dejar de temblar, como si la mente hubiera perdido la batalla de la vida. ¡Era tan triste ver lo mucho que había envejecido aquellos días! No podía dejar de culparla a ella y a si mismo por dejar morir su alegría. Las ganas de vivir se habían disipado.

Pero fuera como fuera todos los días lo intentaba, aún en la peor versión de si misma, no dejaba de alumbrarlo todo con su luz, ella seguía siendo su madre… de él y de cuatro hijos a los que fue capaz de sacar adelante habiendo perdido al amor de su vida. Nadie tenía ni idea de lo que era fingir ser feliz todos los días para que su fortaleza no se derrumbara, y conseguir curar un mundo roto lleno de tiritas de falsa positividad. 

Pero a pesar de que todos los que la conocían sabían que hizo todo por sus hijos, sólo uno iba a visitarla. Sólo uno limpiaba sus lágrimas cuando su memoria perdía los recuerdos y no entendía porque no coordinaba bien, sólo uno cambiaba sus ropas y limpiaba su cuerpo para que no perdiera su orgullo de mujer, sólo uno gastaba todo su tiempo en hacerla mostrar la más triste de las sonrisas. 

Si tuviera que elegir el peor momento del día, serían aquellos en los que la falta de oxigeno hacía que su madre viviera una realidad paralela, que no recordara nada de quien daría la vida por ella, que se pusiera muy agresiva con la gente que solo trataba de darla cariño, que se intentará arrancar los tubos que la ataban a la vida… ¡Odiaba esos momentos en los que no era nada para ella!

Por su parte, cuando ella era consciente, no entendía las visitas por compromiso que la hacían los otros hijos una vez al mes, y aunque fingiera que no la importaba nada mientras estuviera allí para cuidarla, en el fondo del corazón dolía. Hería el no saber los motivos por los que se habían olvidado de ella como persona, pero aún la entristecía más el pensar en la única persona que estaba dando hasta la última gota de sangre por ella sin exigir nada a cambio. 

Todos los días de la semana, cuando el cielo se había escondido dando paso a la luna, le gustaba salir a la ventana y mirar el cielo. En esos momentos se olvidaba de que su madre estaba enferma, eliminaba de su mente todos los insultos de aquellos a los que no se les podía considerar hermanos y rezaba a su padre pidiéndole que todo saliera bien, que le diera las fuerzas necesarias para seguir sonriendo pese a todo lo que le rodeaba. Y mil veces gritaba llorando a las estrellas… ¡No la dejaré caer!


Si no tuvieras miedo...

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. Y ella, Julia, como siempre se dedicaba a mirar por su ventana como el cielo dibujaba formas asombrosas bajo su imaginación, pero a diferencia de otras tardes, toda su imaginación se centraba en tomar una única decisión.

Toda su vida se había dedicado a estudiar, ser la hija perfecta y mantener constante una vida sin complicaciones, pero las cosas cambiaron rotundamente aquella tarde del 20 de enero....


Como de costumbre ella había estado todo el día estudiando en la biblioteca, para ella el único lugar donde toda su concentración se alejaba del mundanal ruido, y de igual manera a la misma hora de todos los días recogió sus libros y salió de allí. Y asi fue, por las mismas aceras de siempre, cuando por las calles no quedaba rastro de coche y las calles suspiraban por la falta de paseos, cuando se oyeron tres disparos... inicio de la terrible agonía del que presencia bajos sus ojos el desenlace final. 
Por fortuna o por desgracia Julia presenció como cuatro hombres blancos, cuyos rostros no olvidaría jamás, mataban a un hombre de color. Y presa del pánico y ante un mar de lágrimas en sus ojos, huyó con un sentimiento de opresión en el pecho, sentimiento que no la abandonaría jamás.

Así que allí estaba ella mirando a la ventana, con el corazón comprimido en el puño del miedo y el arrepentimiento, compartiendo en la total soledad cada recuerdo de aquella noche. Su paz atormentada se batía en duelo continuo con la conciencia intentando honrar al olvido, mientras las lagrimas afloraban de sus ojos y por su moral atormentada pasaban todo tipo de decisiones: si iba a la policía corría el riesgo de poner en peligro la vida de su familia, mientras que si no iba estaría condenando a la más profunda agonía a la familia de aquella victima.

Nadie se puede imaginar cuan tortura puede ser el dolor psíquico por el que ella habría cambiado su postura por mil puñaladas en el estomago, pero de nada serviría tomar una decisión tan cobarde.

De cualquier manera el día transcurrió y llegó la noche, aquello iba a ser más difícil de lo que pensaba, solo habían pasado dos días desde aquel suceso y las horas habían transcurrido demasiado largas para lo que quería que hubiesen sido. Y de la misma manera que el ciego no puede ver, el atormentado no puede dormir, quizás fue ese motivo que decidiese cambiar las sábanas por el ordenador.

Comenzó viendo la crónica del día, y su ojos absorbieron cada una de las palabras de dolor de aquella madre que pedía justicia por su hijo, y otra vez en la sociedad se reflejaron rasgos del racismo, de los mismos que defensores de las razas no dejarían a sus hijos jugar con aquellos niños de distinta piel. 
Y así pasó una semana donde los rayos de luz no llegaban a su triste corazón. y la noche solo la provocaba ese nudo en la garganta con el que solo quería chillar.

Durante esos días fue descubriendo poco a poco la vida de aquella persona ahora fallecida... "Carl Johnson... universitario... dos hermanas pequeñas... nadie podía vengar su muerte, los chicos que lo mataron tras tres tiros huyeron sin ser vistos, y la justicia no podía cumplir los deseos de la familia si no había prueba alguna de los asesinos.  ". 
Cada segundo tenía que fingir normalidad ante las noticias de los medios de comunicación delante de sus padres y los comentarios de sus compañeros de clase, mientras ella en su interior se estaba hundiendo poco a poco bajo su falta de valentía. 

Pero el pozo de la voluntad de Julia fue llenado en el momento en el que  por séptimo día consecutivo vio en un video a la familia de aquel chico llorando su muerte, pero se fijo en algo a lo que no se había atrevido a enfrentar antes, la mirada de su madre, una mirada hundida en la más profunda de las miserias, que pedía ayuda a Dios para que la sociedad que se lo había arrebatado todo hiciera justicia...  

Fue el momento en el que la madre se derrumbo ante la opinión pública  por la perdida del regalo que les había dado la vida, cuando Julia decidió que asumiendo cualquier consecuencia y ante la empatía de quien se ve en el mismo lugar, ella iría a testificar...



Inicio extraido de la novela 'La Regenta' de Leopoldo Alas “Clarín”.

Soñando juntos...

Queridos soñadores.. quiero compartir con ustedes una alegría que me he llevado este mes, cuando por mi relato anterior he sido seleccionada adicto del mes en "Adictos a la escritura".



Quería compartirlo especialmente con vosotros porque sois los que día a día seguís haciendome soñar...

Un abrazo muy fuerte.

Donante de recuerdos

Si me preguntas cual es la afición de un hombre que sin saber si es joven o viejo sigue viviendo día tras día encerrado en una habitación de un hospital cualquiera, pues entonces mi respuesta es soñar. Sueño, y sin saber cómo ni por qué los recuerdos brotan en mi mente de manera intermitente, llenándolo todo o vaciándolo de repente, porque no recuerdo nada, pero lo recuerdo todo. Sueño…

Abro los ojos y me encuentro esperando en las vías del tren mientras observo a la gente de mí alrededor, hay madres nerviosas esperando a su marido mientras sus hijos juegan entre ellos a la pelota ajenos de las circunstancias de ese momento, hay soldados que con sus hatillos se despiden de su familia conscientes de que aquella podría ser la última despedida de su vida y en el ambiente una tristeza embriaga todo oscureciendo aún más la mañana lluviosa.

Sigo mirando a mi alrededor y mientras mi mirada captura todos los momentos, me fijo en aquella preciosa chica que no deja de sonreír en medio de tanta tristeza, tiene los ojos oscuros y profundos como la noche y unas piernas kilométricas que se intuyen debajo de su falda, a su lado, un soldado que se subía al tren. Era curioso, las despedidas sacan los sentimientos más profundos, pero ella seguía sonriendo aún cuando el no dejaba de mirarla desde la ventana del vagón, fue en ese momento cuando pude apreciar su dulce voz: “te estaré esperando siempre, porque la eternidad es nuestra”. Seguidamente el beso más fugaz, apasionado y con sentimiento tuvo lugar, y en ese momento preciso me embriaga un calor en el corazón pero… abro los ojos y me encuentro de nuevo en mi habitación.

Prefiero volver a aquella estación asi que cierro los ojos y le veo, es el mismo chico de antes pero el escenario ahora es un campo de batalla. Quiero acercarme a él, decirle que todo sigue adelante, que algún día acabará la guerra, que haga lo imposible por matar a la menor gente posible, que la culpa es de los poderosos, esos que salen indemnes de todas las situaciones y que nos utilizan como peones en su juego de ajedrez tratándonos como a la pieza menos importante del tablero. Pero le sigo mirando, y tengo ganas de chillarle pero mi voz no alza el vuelo y quiero sacarle de allí, de la destrucción de los saqueos, de la muerte, pero no puedo.

Doy mi primer paso, pero cuando quiero acercarme a él alguien chilla mi nombre desde la tiniebla, desde la otra realidad a la que no quiero volver, y otra vez pasa, me encuentro en el encierro más profundo observando a esa enfermera que no deja de mirarme con las pastillas en su mano, no sé por qué pero sin saber quién es me inspira desconfianza, de cualquier manera me las trago y vuelvo a sumergirme en lo más profundo de mi ser…

Todo a mi alrededor se vuelve negro, veo imágenes intermitentes del dolor, de las heridas, de la muerte, de lo que antes tenía brillo y ahora es como una luz opaca en medio de la oscuridad. Y me siento tan vacío por dentro... solo veo hambre, pobreza, niños sin padres, parejas en las que ya solo ha quedado uno, veo casas derruidas, tejados sin cimientos, veo las consecuencias de la guerra y me siento culpable…

Culpable por haberme dejado llevar en medio de aquel desastre de vidas quitadas, donde los derechos humanos perdieron su nombre y solo quedo como único motivo el deseo de aquel que quiso ser poderoso a costa del todo, de un todo que sacrificó demasiadas vidas en el camino y que aún sigue siendo el mismo demonio con diferentes disfraces. Y entonces lo entiendo, por un instante de mi vida entiendo porque no me queda un solo recuerdo en la mente… los recuerdos me han abandonado, era demasiado duro seguir…

Y así es como llega la noche y pasa otro día más. Algunos dicen que tengo alzheimer, yo prefiero llamarlo donante de recuerdos... recuerdos de esos que invaden tu mente y nunca se llegan a olvidar, de esos que te rasgan por dentro como un cuchillo y dañan más que las heridas, de esos que te hacen llorar aún cuando los motivos que los provocaron están lejos, de esos que te llenan el corazón de emociones, a veces buenas, a veces malas, pero que te enseñan a vivir. Donante de recuerdos…




Hasta que nos den el último balazo

Quizás la mejor forma de comenzar sería explicando el significado de la palabra vergüenza. Si buscamos en la RAE lo primero que nos aparece es la turbación del estado de ánimo producida por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena, y quizás ese es el significado más ajustado a lo que voy a exponer a continuación…

Naces, creces, vives y mueres, y mientras todo eso pasa, a tu alrededor se van desarrollando una serie de acontecimientos, a veces solo son acciones transcendentales para tu persona, y otras veces son hechos que marcan el rumbo de la historia. El problema aparece cuando ante tus ojos estos últimos acontecimientos son denunciables, injustos e ilegales, y aun así nadie puede hacer nada. Vivimos tiempos marcados por la impotencia del ciego ante lo que no puede ver y la vergüenza de quien no se atreve a gritar por la opinión crítica del que juzga con ojos medio abiertos.

Últimamente no dejamos de ver en los medios de comunicación como políticos se proclaman dueños de su propio imperio, imperio al que los ciudadanos no quieren pertenecer, pero aún así lo hacen.  Atrás quedaron los sueños de un país limpio donde el Gobierno actuara por y para el pueblo, por el contrario, no dejamos de ver como el dinero desaparece en las manos invisibles de aquel que hace un uso impropio de lo que no es suyo.
Este año me ha tocado escuchar como ancianos firmaban papeles del banco de los cuales ni siquiera
eran conscientes de su contenido ante la mirada atenta de los demonios que agarraban su bolígrafo prometiendo la vida a los que no tenían ni oxigeno para respirar, he escuchado como gente era agredida por el simple hecho de manifestarse contra una política que no beneficia a ningún pobre, también me ha tocado oír como los estudiantes (por ser demasiados) se les ponía más impedimentos como siempre beneficiando a los hijos de aquellos con mayor patrimonio, independientemente de su capacidad intelectual. Porque ya se sabe: si tienes dinero, lo tienes todo.

Atrás quedo, si es que alguna vez existió la prioridad del pobre, los elogios al trabajador, y las recompensas por ser un país con un gran número de estudiantes.

Por todo ello ante la impotencia del que no puede hablar, porque cuando se alzó el primer dedo pidiendo permiso para reivindicar entre la multitud, la bala del poder atravesó la libertad, sigo esperando que alguien levante la cabeza y grite por todas esas personas que sin culpa alguna ya no tienen voz... alguien que con dos dedos de frente se dé cuenta que la única manera de salir de esta crisis tanto económica como de valores es castigar al que roba, sea de la clase social que sea, y ayudar al pobre… alguien que crea que las letras son el primer acto contra las injusticias, los gritos el paso hacia la libertad y que la lucha debería ser la constante del día.

Llámenme ilusa, pero mientras el último suspiro del mediodía sea dedicado a lo mal que van las cosas todavía creeré en el ser humano...

No nos daremos por vencidos hasta que nos den el último balazo.

Eclipse

Cuenta la leyenda que hace miles de años, cuando los humanos desconocían su poder sobre la tierra, y la naturaleza era la única diosa de nuestro mundo, surgió la mayor historia de amor de todos los tiempos... 

Nuestra historia comienza cuando las noches solo estaban gobernadas por la luna, la cual vivía con ingenuidad cada uno de sus segundos de vida. Apasionada del amor y de las historias que el viento la leía por las noches para sacarla una de sus mejores sonrisas, era la reina indiscutible de la belleza de los cielos.

En cambio durante el día, un hermoso sol iluminaba cada rincón del planeta con una luz tan apagada que antes que parecer bello transmitía temor. Valeroso e indescifrable, pero con miedo de que alguien le robase el trono de rey de los cielos.

Una noche de verano, cuentan los dioses más ancianos que se produjo un fenómeno sobrenatural que desequilibró la armonía de la naturaleza, ya que durante unos instantes la tierra perdió su color. Ni el plata de las noches ni el dorado de los días iluminaban si quiera un trocito de naturaleza.

Aquella noche, la luna se encontraba absorta en sus pensamientos, cantándole a los seres de la tierra lo bonito que era el mar, y tan emocionada se encontraba ella que entre vuelta y vuelta aceleró su velocidad y se encontró frente a un dios que ella nunca había visto. Era dorado como el fuego y tenía una mirada feroz que instantáneamente descolocó cada uno de sus sentidos. Por un instante se sintió absorbida por aquel sol tan radiante que no dejaba de mirarla. 
Por su parte el sol observó a aquella princesa de la noche como bailaba con dulzura sin preocuparle el calor que ardía sobre su cuerpo. 
Y como si fuera inevitable, durante unos instantes, la lujuria, el deseo y la pasión, el calor y el frío, se fusionaron. Aquellos estraños dioses del firmamento se dejaron llevar por sus latidos... Ella no dejaba de sentir el calor de lo desconocido y él por primera vez sintió entre sus llamas algo más que poder. 

Finalmente presa de la atracción, la luna volvió a cambiar su velocidad, y sin darse cuenta vio como se alejaba de su amado. Desde la distancia, ambos seres se juraron amor eterno. 

A pesar de que todo volvió a su estado normal, desde aquel entonces, cada cierto tiempo ella bailaba su danza para volver a encontrarse con él, sabiendo que aquellos instantes no podían ser eternos por el bien de los seres que habitaban la tierra.

Por su parte el sol brilló más que de costumbre, alargando sus rayos como brazos para que ella pudiera sentir su calor, y mientras todos dormían, el sol enviaba al viento para que le cantara nanas a la luna y que nunca más se sintiera sola...  Como respuesta, ella lloraba cada noche para que desde la distancia él pudiera ver en forma de estrellas todo el amor que ella le demostraba.
             

Dicen los más sabios que su amor perduró a los tiempos, a las dificultades y a la distancia, y que si cada noche se observa el cielo sin ceder al sueño, se pueden observar estrellas fugaces que atraviesan el firmamento como muestras de un amor que no tiene final. 

Todo es culpa tuya

                                                                                                                          14 de Julio de 1972
Querido amigo:

Puede que ya no te acuerdes de mi, ni si quiera cuando acabes de leer esto, pero creía necesario mandarte esta carta.

Todo empezó aquel año de 1931, yo tenía cuatro años, pero para ser justos he de reconocer que mi frágil memoria ahora atormentada por toda una vida, tiene ciertos espacios en blanco que algún día quisiera rellenar con letras. Mi infancia era feliz, llena de amigos con lo que jugar en el parque, abuelos que te hacen tartas por la tarde para merendar y te llenan de besos los carrillos prometiéndote que eres la niña más guapa del pueblo y unos padres que se desvivían por una buena educación en un país que no era el suyo. Por lo cual, yo me crié sabiendo que sin ir al colegio y leer miles de libros en casa no sería nadie, que cada uno se tiene que labrar su futuro aunque el destino tenga preparado miles de infortunios que sean difíciles de solventar, y siendo francos, creo que esta frase no la llegué a entender hasta muchos años después. 

Pero aquel invierno de 1933, tras la Noche de los Critales Rotos empezamos a vivir juntos las aventura de la injusticia. 
Fue así como comencé el colegio, y como le conocí a usted, recuerdo con una gran emoción el primer día que llegó a clase, día por el cual todavía Alemania no se había sumergido en un profundo bucle de muertes y desolación sin justificación alguna. Tenía una esbelta figura y un bigote muy bien puesto, parecía tan serio al principio que todos los niños de  clase estábamos asustados, pero después empezaron las excursiones al monte, la búsqueda de mariposas, los juegos en el recreo y las historias secretas que no podíamos contar a ninguna persona, ni si quiera a nuestros padres y el ir al colegio se volvió para todos la mejor parte del día. 

Recuerdo como empezó todo para mí... aquella tarde nos llevo a pasear por las calles, quería que encontráramos rincones secretos por las calles, pero en vez de eso lo que nos encontramos en los comercios fueron miles de pintadas y carteles llenos de odio hacia mi raza... los judíos. Inmediatamente nos llevó lejos de allí, mientras yo no dejaba de mirar con ojos temerosos de atrás hacia adelante. Por aquel entonces yo no entendía nada de lo que estaba empezando a ocurrir, pero una parte de mi corazón tenía mucho miedo y justo en el momento que mis ojos se llenaron de lágrimas, usted se acercó y me prometió que nunca me dejaría sola, y fue a partir de entonces cuando le consideré mi héroe. 

He de reconocer que mis padres mantuvieron muy buena relación con usted, miles de noches las cenas abundaban para elogiar a aquel profesor de aquella escuela alemana y miles de veces mis padres preparaban tartas y pasteles que le regalaban sabedores de que algo malo iba a ocurrir. Ellos tenían la esperanza de que también fuera su héroe.

Y empezaron las noches sin sueño, el despido de mi padre, las lágrimas en casa cuando yo no estaba allí, los silencios en las comidas predecesores de que algo malo iba a ocurrir y la ida de mis abuelos a su tierra natal para rematar allí algunas cosas... nunca les volví a ver. Durante meses no dejaba de ver como la gente que quería desaparecía de mi vida, incluso usted...

¿Se acuerda?Un día en el colegio se empezaron a oír voces y gritos en el patio, y ahora mismo aunque no sé muy bien como entraron dentro aquellas personas, mi memoria se encuentra llena de imágenes en las que volvía a casa en silencio porque aquellos señores de uniforme me amenazaban y humillaban de camino a casa por mi raza. A pesar de todo en mi interior me sentía orgullosa  de ser como era, porque mi padre siempre me había convencido de que lo mejor de las personas era que estuvieran hasta el final de sus días siendo coherentes con lo que un día fueron y lo que seguirían siendo. Y fue así el último día que le vi, porque ya no volví al colegio.

A partir de entonces nos trasladaron a otros lugares, vivíamos con el miedo continúo y sin tener hogar y aunque mi madre dijera que el hogar no eran las paredes sino la gente que te rodea, mi familia ya no era lo mismo, se dejaron de oír las risas, las anécdotas y en miles de situaciones nos sentábamos en la mesa, mirando cabizbajos sin nada que decir, porque ya estaba todo dicho. 

Pero sin lugar a dudas la peor época de mi vida fue en aquel campo de concentración de Sachsenhausen. Cuando tras haberme llevado a la fuerza lejos de mis padres, de repente me encontré con un sitio donde la muerte esta anunciada a gritos, donde las personas tenían el semblante mas duro que ojo humano jamás haya podido ver, y donde el miedo hacía que miles de personas fueran como almas en pena sin ningún sentido en la vida, salvo he de tener esa pequeña esperanza de volver a ver a sus seres amados.

Durante el día no dejábamos de trabajar, porque para ellos eramos como animales sin sentimientos ni inteligencia que no se merecían vivir, fue por ello que algunos días observábamos como gente en fila entraba en grandes cámaras, pero nunca más les volvíamos a ver. A pesar de que fui creciendo en aquel lugar nunca nadie me quiso explicar a donde iba aquella gente, para mi propia felicidad me imaginaba como esas personas huían hacia la libertad.

Me dejaron salir en 1944 por ser menor de edad, pero la huella ya había marcado mucho mi mente, las muertes, el olor de aquel sitio, las noches en vela sin entender nada de lo que pasaba a mi alrededor... Y aunque ahora sigo viva, el dolor del recuerdo duele más que por aquel entonces, quizás porque ahora se el por qué de todo.

A pesar de todo lo que me rodeaba, yo le eché la culpa a usted por habernos abandonado, por haberme prometido algo que nunca volvió a cumplir, por haberme dejado ir a aquel campo de concentración donde me sentía sola muchos días. Y así fue hasta que años después cuando regresé a mi pueblo natal, una amiga de mis padres me explicó que usted nos había ayudado escondiéndonos de los malos de aquel juego y que hizo lo imposible por sacarme de aquel campo... y fue en ese momento, cuando mi corazón magullado por una infancia madura recibió otro de los golpes más duros por haber desconfiado de usted.


Es por eso que le envió esta carta, porque a pesar de que ahora mismo soy la única sobreviviente de mi familia a una época de dolor, todo es culpa tuya... el saber que hoy todavía, puedo respirar.

                         
               
Gracias

Tan lleno de vida...

Se había despertado a las 9, sabía que era la oportunidad de cumplir de nuevo uno de sus sueños y no podía desperdiciar la mañana durmiendo. Se había duchado, había desayunado aquellas tostadas con mermelada que tantos recuerdos le originaban en la mente y había comenzado la tarea más difícil de aquella mañana: elegir la ropa que ponerse; una cosa estaba clara, la corbata sería aquella morada con con esas leves rayas grises que tenía la intuición de que tanto agradaba, y el calzado serían aquellos mocasines que tanto reservaba para las grandes ocasiones. Finalmente eligió el traje con un color tan negro como la noche pero con un dueño tan lleno de vida como un amanecer.

Y sin darse cuenta ya era la hora de comer, se sentía como un niño el primer día de colegio, tenía la sensación de que a pesar de sus ochenta y siete años tenía la juventud de un adolescente.
Tras comer puso música en el salón y de nuevo danzó por toda la sala, saltó por el sofá, agarró la fregona y cantó como si le fuera la vida en ello y siguió con aquello hasta que se sintió un poco agotado. Estaba feliz, pero tenía que reservar fuerzas para aquella noche y ya era hora de acabar con los preparativos.

Una vez engalanado caminó durante media hora hasta que llegó a la calle que estaba buscando; allí compro todo lo que necesitaba: un montón de velas, una bolsa llena de caramelos y un montón de comida para la cena.
Cuando por fin llegó a su casa, eran las ocho de la tarde, se aseguró de dejar todas las ventanas abiertas, llenó todo de velas y preparó hasta la puerta de su casa un camino lleno de caramelos. Tras acabar de decorar la casa cocinó la cena, puso sobre la mesa dos copas de champán y unas rosas gobernando el centro de aquella mágica noche. 

El resto de la gente le habría tomado como un loco si no fuera porque era la noche de  Todos los Santos, y las familias estaban más preocupadas de disfrazar a sus niños y llenarles las calabazas de plástico de caramelos que de observar a aquel anciano como llenaba su casa de luz..

Antes de sentarse a esperar a su visitante, colocó su disco preferido de vinilo en el gramófono. 
Ya eran casi las once, intentó que no le venciera el sueño pero la vejez era tan natural como la caída de las hojas en otoño, y para cuando se quiso dar cuenta una voz le despertó:

- Vida mía despierta, tenía tantas ganas de verte... que dulce sorpresa... la casa esta preciosa ha sido muy fácil encontrar de nuevo mi hogar. 

Cuando abrió los ojos, allí estaba, tan preciosa como siempre, con aquellas preciosas arrugas que tanta alegría daban a su cara y esa sonrisa que nunca dejaba de hacerle sentir especial.
Allí estaba, frente a él, el amor de su vida.

Pasaron una noche inolvidable, hablaron, bailaron, se miraron y se intentaron besar, aunque ambos tenían la terrible sensación de querer que nunca acabara la noche, querían huir del sol y del tiempo, y aunque la despedida sería agridulce sabían que la eternidad les uniría para siempre:

- Cariño estás tan guapa como siempre, no sabes la de tiempo que me faltas la de besos que nos quedan y la de besos que nos han robado - dijo él mientras una lágrima de felicidad caía por su mejilla, la amaba tanto que hubiera dado todo por tenerla unos minutos más.

- Sabes que somos un todo y que al final de nuestra historia nos sobraran minutos para amarnos. Me haces sentir tan llena de vida por dentro... Te amo.

Era irónico pero cierto, a su lado ella recobraba los latidos y cuando llego la hora de la despedida, ella puso su mano en el pecho, y aunque resultaba imposible, él pudo oír un corazón.


Cuando ella marcho, él salió de casa y paseo durante una hora con un ramo de flores bajo el brazo, cuando llegó al cementerio, busco el nombre de su amada, puso el ramo de rosas encima de la lápida con su nombre y dejó una caja llena de sobres que sabía que ella leería. Si alguien se la hubiera tenido en sus manos habría podido leer una inscripción:

Te llevo siempre en mi mente y corazón. 
Has sido, eres y serás la pieza fundamental del puzzle de mi vida.

En la caja estaban las trescientos sesenta y cinco cartas que escribió para ella todos los días del año. Se limpió las lágrimas y se marchó a casa mientras el resto de niños corrían disfrazados sin saber que ha su lado un corazón lloraba la distancia de la muerte.

En la lejanía se podía ver la silueta de una anciana recogiendo una caja en medio del cementerio, y justo en ese momento un destello de luz apareció a su lado, ella camino despacio, se dio la vuelta buscando algo, y puso su mano en el corazón. Tras sus cuerpo muerto se podía ver un brillo lleno de vida y de amor, a continuación el destello de luz la absorbió como un fantasma.

Juegos de amor sin sentimientos


Hace veinte años quería dejar de sentirme tan extraña en este mundo... Mi día y día iba transformándose en una constante de tortura y desesperación.
No hacía mas que escribir mis emociones cuando sentía esa opresión en el pecho cada vez que alguien jugaba con mi cuerpo rozando los rincones más ocultos o cuando quería dejar de sentir pena de mi misma cada vez que alguien no valoraba la sustancia que siempre ha habido en mi interior. Tanto tiempo pasaba en frente de los folios, como dentro de la ducha... Cada vez me duchaba más y frotaba con más fuerza la esponja sobre la superficie de mi cuerpo que cada día me repugnaba con mayor intensidad.

Día a día me iba convirtiendo en un objeto sexual sin sentimientos...

Es complicado transmitir como te sientes cuando entras en ese bucle de sentimientos perdidos en el que todo carece de sentido, quizás todo se resuma en dolor, miedo y culpabilidad, dolor, porque tu cuerpo sufre dolencias, porque vas maltratando a tu vida sin encontrar ninguna solución y cometes excesos que nunca te habías planteado, miedo, porque te pasas la mayor parte del día pensando que te deparará la noche, si será una noche normal o te enfrentaras a un nuevo reto, a una nueva manía de esos hombres que buscan saciar su deseo en manos de una desconocida, a veces con frialdad y otras con asco y desprecio, pero de cualquier manera tratándote como la arena que se puede pisar pero no se puede coger, y por mucho que pasen los años seguirá ahi... sin vida, inerte, golpeada por el mar... Pero quizás todo sea por mi culpa por no poder poner el freno a algo que tanto daño me hace pero no se como parar.

Hoy hace veinte años desde que abandoné la prostitución, los juegos de amor sin sentimientos y las noches en camas vacías, hoy celebro a su lado que he recuperado mi vida porque él apareció en ella y me rescató del infierno.
Hoy, recordamos en el sofá de siempre nuestra historia, la decisión del destino y veinte años de matrimonio en los que he pasado de la tierra al cielo.

Le conocí una de aquellas noches de lujuria inexistente, en la habitación sin número de un hotel de carretera, él era un prestigioso escritor y yo no era más que un conjunto de propósitos que perdían su sentido en cada cama. En mi interior aquella visita nocturna se pronosticaba como otra noche más, pero quizás fue cuando vi su mirada cuando me di cuenta de que había algo más que deseo en su presencia, por primera vez en mi vida la noche no acabó entre sabanas.
Él quería escribir sobre la prostitución y quería pagarme por contarle mis experiencias, y yo accedí al instante. Pasaron muchas noches en las que él fue dándome una confianza para mi desconocida, corrieron horas en las que me leía sus novelas y nos tumbábamos en la cama sin traspasar lo prohibido, el era más que un oyente, y yo, por primera vez desde hace años, comencé a recuperar la ilusión por vivir.

Pero no fue todo tan fácil, aunque yo me estaba enamorando poco a poco de él, las noches de pensiones oscuras y de vicios inconfesables con hombres sin amor no paraban, eran como una droga. Dormir quizás era una buena terapia, pero a estás alturas la droga ya había hecho demasiado efecto y pocos remedios iban a poder curar aquello en lo que me había convertido.

Es más sencillo hablar ahora, tras veinte años de alegrías, frente a una mesa llena de ilusiones, con una cena perfecta y la casa llena de velas con la ilusión del primer aniversario... es más fácil ahora que tengo un marido que me protege, una llave donde cerré el pasado, y una noche llena de esperanza bajo una hermosa luna llena testigo de veinte años de amor, quizás sea por eso que hoy celebramos que el destino me cruzó con él para dejar aquel trabajo tan históricamente antiguo.

Una tarde de mi antigua vida mi escritor me llamo para decirme que ya había acabado su libro, y que quería que fuera con él a la presentación. Nadie se imagina como se siente una persona cuando la valoran, así que con el vestido que me había regalado y maquillada lo mejor que pude fui con él.
Tras años, la gente me trataba como si fuera una persona sin ningún secreto oscuro y me hizo sentirme realmente bien.
Llegó el momento de la despedida, tras la presentación él me acompaño a mi apartamento a las afueras de la ciudad, pero cuando yo creía que llegaba la hora del final de esos días de ensueño, entonces me dio su libro, cuando lo abrí, lo pude ver impreso... él me había dedicado su novela y yo no pude sino sentirme muy especial.
Tras aquella noche y las que la sucedieron fui dejando radicalmente las escapadas nocturnas para disfrutar del amor con él, un sentimiento que no se pagaba con ningún tipo de dinero.

Y hoy tras veinte años, tras una noche llena de regalos y risas mientras cenamos, llega el momento más especial de la noche, y lo lleva siendo miles de veces en estos años, llega el momento en el que nos fusionamos en una sola persona, en el que las caricias son únicas e intransferibles, y los suspiros una constante temporal, donde él es mio y yo soy solo suya...